
La Revista Elle de Mayo parece tener más o menos la misma teoría que yo, porque dedica sus páginas centrales de cultura a ilustrar la investigación con las mini biografías y las imágenes de dos especimenes masculinos que encarnan a la perfección las dos vertientes del género: el ángel y el demonio, para todos los gustos, oiga.
Este mes se estrena mundialmente la película “Ángeles y Demonios”, basada en el bestseller homónimo de Dan Brown, que no es sino la precuela (o sea, lo contrario a la secuela) del archifamoso “Código DaVicni”. A mi los libros me gustaron bastante, pero odié profundamente la adaptación cinematográfica anterior porque Tom Hanks me parecía la peor elección posible como protagonista, un intrépido historiador al que yo veía más del rollo de Harrisond Ford en Indiana Jones que en plan novio de América.
Pero con esta segunda parte presiento que no tendré problema, porque podré posicionarme sin miedo del lado de los malos, encarnados en ese pedazo de hombre que es Ewan McGregor. Sí, Hanks, ese ser soso, aburrido, predecible y perfecto, seguirá siendo el protagonista de la saga, el ángel mágico y buenérrimo… pero el demonio llevará la piel de mi escocés favorito –con permiso de Jonnhy,, Walker, of course-, disfrazado de cura… ¿y hay algo más sexy que un tío malo disfrazado de cura? Esos ojos verdes que parecen chispear cuando miras de reojo, esa sonrisa de medio lado, pícara, que nace de una boca que promete más mordiscos que palabras bonitas, ese cuerpo pensado para lamerlo centímetro a centímetro, fuerte y fibroso, todo nervio… Mira, es que se me eriza la piel sólo con pensarlo.
Yo descubrí muy joven mi querencia por los hombres-demonio (que no son, ni de lejos, hombres malos en el sentido estricto de la expresión). Cuando todas mis amigas bebían los vientos por Glenn Medeiros y David Summers, yo me declaraba obnubilada ante la presencia errática y envuelta en cuero de Bon Jovi o de Carlos Segarra. Siempre he tenido muy claro el tipo de hombre que me atraía, y casi siempre he obrado en consecuencia, pero…
¿Qué lleva a una mujer a decantarse hacia uno u otro estilo de hombre? ¿Qué ventajas e inconvenientes tiene enamorarse de un ángel? ¿Y de un demonio? ¿Y por qué algunas mujeres se emparejan irremediablemente con uno u otro tipo de hombres en relaciones destinadas al fracaso? ¿Qué nos lleva actuar así?
En mi caso particular mi querencia por “walk in the wild side” ha sido siempre una consecuencia del miedo al aburrimiento. Soy una inconstante, y lo soy con todo, así que también lo soy con el amor. Las relaciones seguras, estables, firmes, en las que la sorpresa, la pasión y la inseguridad tienen un limitadísimo espacio no están hechas para mí. Yo necesito la lucha constante para sentirme viva, y quizás por eso me he decantado siempre por tipos poco propensos a proponer matrimonio a la luz de las velas y darte dos hijos preciosos y bilingües. En cambio, para compensar, todas mis parejas han sido siempre especialistas en discusiones apasionadas, seguidas de reconciliaciones más apasionadas aún; en polvos salvajes en lugares inesperados; en planes infrecuentes. A mi me gusta así.
Quizás asumir mi atracción por el lado oscuro me haya hecho más libre. Tengo lo que quiero, aunque no sea lo que merezco, pero, ¿qué habría pasado si, luchando contra mi naturaleza, me hubiese esforzado por conectar con uno de esos muchos ángeles que pululan por el mundo?
Porque hay muchos, muchos hombres “perfectos” paseando por el planeta tierra, esperando que la chica adecuada aparezca en su camino. Yo tropecé con uno una vez, aunque lo nuestro duró un suspiro, porque los paseos a la luz de la luna, las flores regaladas en las fechas señaladas y las cenas en “nuestro restaurante” me aburrieron antes de empezar. Si hubiese dicho “sí”, ahora los dos seríamos unos desgraciados: yo, porque me aburriría mortalmente; él, porque no entendería “qué ha hecho mal”.
Pensaba en esto mientras leía la entrevista que Elle le hacía a Ewan (porque yo le tuteo, que para eso somos amantes ocasionales desde hace… puffff, nisesabecuantotiempo), y me acordé de un libro que me regaló mi hermana el año pasado. Se titula “Cambio príncipe azul por lobo feroz”, y lo escribe Raquel Sánchez Silva, que, mira tú qué pequeño es el mundo, redacta ahora la columna de cierre de Elle. Y pensé que sí, que definitivamente yo había cambiado un príncipe azul por un lobo feroz, y volvería a hacerlo con los ojos cerrados. Prefiero los mordiscos que las caricias, y, al parecer, cada vez más mujeres optan por este tipo de parejas “demoníacas”.
¿Será, pues, signo del cambio de los tiempos? ¿Nos hemos cansado las mujeres de los “buenos chicos”? ¿O seremos sólo unas cuantas las que elegimos al chico malo de la peli como compañero de cama? ¿Será que, conscientes de nuestra propia entidad demoníaca, hemos optado por no acercarnos demasiado a los ángeles, para evitar sentirnos fiscalizadas, o juzgadas? ¿A caso los hombres “perfectos” nos hacen sentir inseguras, en lugar de otorgarnos esa seguridad que supuestamente buscamos en ellos?
En cualquier caso, la cuestión reside en tener claro qué es lo que esperamos del otro, y de nosotros mismos. Yo, personalmente, me decanto por la sonrisa pícara y los ojos verdes del malo de la película. No llegaré al altar con él, eso seguro… ¿pero quien quiere una boda si puedes ir directa la noche de sexo desenfrenado y sudoroso?... ¿O será la primavera?