VIVIR NA CORUÑA... qué bonito é, andar de parranda e dormir de pé...

He desaparecido. Lo sé, y lo siento.

Para mi desgracia, no lo he hecho ni por voluntad propia ni porque necesitase un descanso –que también-. Lo hice, sobre todo, porque las circunstancias de mi alrededor –y de mis adentros- me obligaron.


Pero estoy tratando de volver y no puedo hacerlo de otro modo que cediendo ante la solicitud de Lucy.

En el post anterior Lucy comentaba que vendrá a pasar unos días a Coruña en julio… y que le gustaría tener una pequeña guía de “uso y disfrute” de la ciudad donde nadie es forastero, y donde alumbra el faro más antiguo del mundo en funcionamiento, la Torre de Hércules –del siglo II-, que desde el sábado es ya la Torre de Todos, porque la Unesco ha decidido reconocer que es Patrimonio de toda la humanidad, cosa más que justa, por otro lado.


El caso es que Lamari y Rub también recalarán en algún momento en tierras herculinas, y como a mi me pueden esos genes viajeros que mis hermanos han desarrollado estudiando turismo, y yo practicándolo, pues creo que comenzaré el periplo coruñés por el principio.




Lo primero que uno debe hacer antes de venir a Coruña es buscarse alojamiento. No es que esto sea New York, pero es una ciudad con más de 300.000 habitantes y el turismo, sobre todo en verano, es una constante, así que si apareces sin reserva corres el riesgo de terminar en un tugurio, o de pagar una millonada por un cuartito con vistas al patio interior.


Si me aceptáis un consejo, creo que la mejor opción en relación calidad-precio para alojarse en Coruña pasa por acercarse al Hotel Moon. Se trata de un moderno hotel de dos estrellas en la zona de Cuatro Caminos, a un paso del área comercial de Juan Florez-Plaza de Lugo, bien comunicado con el centro y pegadito al Corte Inglés y el Centro Comercial de Cuatro Caminos. Sus precios rondan los 50€ en habitación doble, dependiendo de la disponibilidad y el tipo de suite. Son habitaciones modernas, sencillas pero completas (tv, teléfono, conexión wi-fi, baño completo…), y cuenta además con una cafetería donde sirven brunch completísimos, y menús del día de lo más suculentos por 9€. Si tenéis Factbook, podéis buscarlo.


Si somos más pudientes podemos decantarnos por cadenas hoteleras como AC (en las afueras, cerca de Matogrande), NH (en pleno centro, junto a los Jardines de Méndez Núñez) o Hesperia, bien en su versión low cost, en Juan Florez (centro ciudad) o bien en su versión high class, en el Cinco Estrellas Hotel Finisterre (Ciudad Vieja), donde las vistas al mar os dejarán secos.


Entre medias, cientos de pequeñas pensiones y hostales, para todos los gustos y bolsillos… cuestión de buscar.


Una vez instalados, podemos comenzar a patear ciudad… pero antes conviene saber que, en general, Coruña es una ciudad cómoda para el visitantes. Salvo algunos barrios de difícil acceso, el resto discurre en llano y es cómodo de recorrer… con dos salvedades: el empedrado de la ciudad no es apto para tacones de aguja, a no ser que tengas un zapatero cojonudo a mano, y la desorientación es la reina. Y no por mala señalización, sino por culpa del mar. Coruña es una península, por lo que está rodeada de mar salvo por el estrecho istmo de entrada; conclusión: no te guíes por el mar porque terminarás perdiéndote.


Si eres de los que busca playas, y teniendo en cuenta que, como digo, Coruña es una península, puedes elegir entre los masificados arenales de Orzán y Riazor –ambos en el centro, el segundo más familiar, el primero feudo de adolescentes-; o bien decnatarte por las pequeñas calas que proliferan, como la de San Roque –zona Milenium- o la de As Lapas –a los pies de la Torre, sencillamente maravillosa-.


Si prefieres el turismo cultural, no te pierdas el periplo de los museos científicos, con la renovada Casa de las Ciencas (parque de Santa Margarita) a la cabeza. La Domus y el Aquarium Finisterrae completan el recorrido, que puedes enriquecer con los muesos artísticos – Bellas Artes, Museo de Arte Contemporáneo Unión Fenosa, Kiosko Alfonso-… y las salas de exposiciones. De estas últimas, cada día más numerosas, cabe resaltar Moret Art (Calle Olmos) Ana Vilaseco (Calle Padre Feijoo) y la Fundación Caixa Galicia (Cantones) así como la Fundación Barrié de la Maza (justo al lado), y el magnífico escpacio de la Fundación Luis Seoane. En esta última, en verano, organizan fiestas al aire libre con pinchadas y arte, todo a la vez, en su claustro interior. Una gozada.


Puede que seas de los que disfruta sencillamente con los rincones bellos y la arquitectura singular. Si es así, recorre de cabo a rabo la Ciudad Vieja, que comienza en la Plaza de María Pita, donde está el ayuntamiento, y que te llevará por el empedrado original romano por entre las calles mágicas de los barrios medievales, desde pescadería a curtiduría. Descubrirás iglesias magníficas, como Santiago –recuperada tras un incendio en el siglo XVIII- o la Colegiata, y otras curiosas, como Los Dominicos, cuya torre torcida resulta de lo más inquietante. De ella, por cierto, se lanzó el arquitecto al ver que su obra estaba defectuosa… suponemos que sin darse cuenta de que precisamente eso la hacía única. Muy cerca están la Plaza de las Bárbaras y el Jardín de San Carlos, con la tumba de Sir John Moore, un héroe adoptando de los ingleses que supuestamente salvó la ciudad, cuando en realidad lo que quería salvar era su culo. Y, por favor, no te pierdas la Torre de Hércules y su entorno, y sus más de 200 escalones de ascenso. Merece la pena, en serio.

El centro de la ciudad cuenta con la Calle Real, una peatonal señorial que desemboca en el Obelisco, y de ahí a Los Cantones, frente a los Jardines de Méndez Núñez. Todo ello digno de visita, sin duda, como el Parque de Santa Margarita.


¿Y si soy compradora compulsiva? Pues en ese caso mejor no vengas. Desde el Imperio Inditex hasta las mejores marcas, no hay diseñador que no tenga tienda en la ciudad de cristal. Personalmente soy fan de las tiendas “curiosas”. Desde Ven que te Combino hasta Cheap (multimarcas a buen precio), pasando por boutiques más especializadas, como la que Lu tiene en la calle Orzán, Pekas World, donde te hacen a medida unos vestidos de ensueño a precios asequibles, sin olvidar las grandes multimarcas de lujo low cost, del tipo Mimosa, Voglia, Albachiara, Hamevaki, … (muchas de ellas tienen Facebook, buscadlas)


Por otra parte, sería francamente raro que no te topases a tu paso por Coruña con un Festival de Danza, un concierto en directo, una representación de teatro o algo de cine de autor. Forum Metropolitano, CGAI, Casa das Atochas, Teatro Colón, Teatro Rosalía, Palacio de la Ópera, Fundación Caixa Galicia, Fundación Barrié, mil salas de conciertos en directo… si no encuentras nada que hacer, es porque o bien te ha pasado algo raro en el cerebro o bien estás muerto. Si quieres saber todo lo que se cuece, consulta www.coruna.es, o www.inframundo.es


Y ahora que ya sabemos qué queremos hacer, tendremos que saber cómo y cuándo parar a descansar!!


Si lo que queremos es, por ejemplo, tomarnos una caña a mediodía, podemos optar por cualquiera de las terrazas de María Pita o de la Plaza de Azcárraga (Ciudad Vieja), por las del Parrote o por las de la Zona del Estadio. Todas ellas válidas también para media tarde.


Pero mi recomendación personal pasa por recalar en el Cunqueiro, en la calle de la Estrella, justo detrás de la Fundación Caixa Galicia. Te servirán un pincho con una de las cañas mejor tiradas de la ciudad y te encantará el ambiente de piedra. Al final de la jornada de llena de profesionales en busca de descanso.


Otra buena opción es Casa Rita, en Paio Gómez, en la zona de la Plaza de Lugo. Mismo tipo de ambiente y local, y mismo trato profesional maravilloso. Igualito que en Casa Ponte, al final de Juan Florez. Aquí, por favor, no te pierdas sus croquetas y los huevos de la madrina. Sin sentido te van a dejar, te lo digo.


Si a mediodía queremos parar a comer podemos optar por cualquiera de los locales de la Calle Barrera, bares de tapas y raciones tradicionales a buen precio, pero no demasiado elaborados. Mis favoritos: La Cervecería del Centro (pide la tortilla rellena o el crepe de lasaña), el Lorcho (sus tablas de patatas son míticas) y O Corno (el corniño de calamares es un clásico, como el piroliño, una pechuga de pollo rellena de jamón y queso y enrollada en un palillo). Si prefieres algo más cool, puedes decantarte por el Tempura, en el Paseo Marítimo, con su menú del día de cocina fusión –su sushi es el mejor de la ciudad-, o, si lo tuyo es la pasta, por un buen plato de tortelloni en Il Tocco Genovese, en la subida del Parrote, donde no lograrás terminar el plato.


A media tarde puede apetecerte una caña, o un buen vino, y será el momento de recalar en El Pato Mareado –en Padre Feijoo, cerca de la Plaza de Orense-, para disfrutar del ambiente de un pub inglés, o en el Bristol, en la Calle Torreiro, en pleno centro de la ciudad. Su terraza es un clásico, una verdadera pasarela de estilo coruñés –dicen que aquí nos dejamos una pasta vistiendo- y es fácil que tropieces dentro con los músicos de algunas de las bandas locales más conocidas –dentro y fuera de nuestras fronteras herculinas-.. Para un picoteo maravilloso y enxebre (palabra gallega que define lo auténtico y original), sube hasta Montealto. Allí, en la Calle de la Torre encontrarás A Roda. Su cecina es espectacular y encima muy barata, y el local es increíble por lo tradicional y familiar. Si no tienes miedo a los sabores nuevos, pide un Ramonito.


¿Habrá que cenar algo, no? Si pensamos de nuevo en la relación calidad-precio, mi recomendación definitiva es el Naïf –también tiene Facebook-. Marta cocina de lujo, el sitio es precioso, está en la calle Orzán (en pleno centro) y tienen una cuidada carta de vinos. Eso sí, si sois un grupo enrome, queda descartado, porque el local es íntimo y acogedor, no está preparado para acoger hordas.


Otras buenas opciones son, por ejemplo, El Sauce, en la Ciudad Vieja, o el Basílico, en el Estadio de Riazor, con una carta de vinos espectacular y un trato exquisito. El Ruido en la Cocina, en la Plaza de Maria Pita, presenta una opción algo más elaborada pero igualmente asequible, y el local es moderno y elegante, perfecto para grupos de amigos treintañeros, vamos. Está también Casa Pilar, en la zona de la Plaza de Vigo, y allí mismo también el Mamma Manuela y sus croquetas de ensueño. Y, por supuesto, La Taberna del Gaioso, en la Plaza de España, donde he comido el pulpo más curioso y delicioso de mi vida. Eso sí, si tu predilección es el pulpo más tradicional, entonces debes ir al Fiuza, en Montealto. Clásico donde los haya. Y para tapas originales, el Tren, en Montealto. Siempre lleno, pero siempre apetecible.


Si eres carnívoro a morir, La Casa Vasca (calle Orzán) y La Casona (zona Riazor) son tus opciones. Parrilla de carne magnífica y vinos tintos a juego. No son baratos, cierto, pero cuestan lo que valen.


Y hablando de pagar, si tu Visa está boyante y te lo puedes permitir, no dejes de probar los manjares de El Playa Club o de El Monte de San Pedro. El primero, junto a la playa de Riazor. El segundo, en lo más alto de la ciudad. Y ambos con unas cartas magníficas, unos chef estupendos y unas vistas impresionantes al océano Atlántico. Y ya puestos, reserva también en el Artabria. Para algunos, la mejor cocina de la ciudad.


Y ahora, unas copas para bajar la cena. Dependiendo del día de la semana –no es lo mismo un lunes que un sábado, obviamente- y de lo que busques, deberás moverte hacia uno u otro barrio. Te recomiendo que visites de nuevo www.inframundo.es para comprobar si hay algún concierto que te interese en alguno de los locales, porque es raro el día que un grupo local no actúe en directo. De hecho, locales como el Garufa (Rockers g oto Hell) o el Mardigras (Hits) cuentan que bandas residentes que tocan cada miércoles y jueves respectivamente.


Una buena idea es acudir, por ejemplo, al Cachivache, que abre todos los días excepto los domingos y siempre tiene ambiente. Está en la calle Orzán, sirven un riquísimo licor café de Orense –Miguel, el dueño, es de allí- y los jueves hacen conxuro da queimada, e invitan a la concurrencia.


Tranquilo y agradable es también el Tio Ovidio, en la misma calle pero más cerca de San Andrés. Son encantadores, los fines de semana tienen mucho ambiente y entre semana estarás más tranquilo, pero siempre bien acompañado.


Si buscas algo más de movimiento, puedes elegir entre locales como el Canal Street –en la calle Barrera- y el People 73 –en la Estrecha de San Andrés- , de ambiente más pijo pero divertidos y agradables, o bien decantarte por el Bristol, que también abre de noche a primera hora tiene muy buen ambiente. Y si te acercas a Montealto no dejes de visitar el Polvorín, uno de los locales más increíbles de la ciudad por su decoración ecléctica y su ambiente bohemio.


Si lo vuestro son los cocktails no dejeis de probar los mojitos del Cook, en Padre Feijoo.


Si la noche se alarga, tendrás que escoger entre la zona de Juan Florez, la del Orzán, la de Montealto o la recuperada Ciudad Vieja.


Juan Florez ofrece locales como el Plan B, el Flotante, el Tarugo o el Suite. Los dos primeros, más propensos a la conversación y el copeteo tranquilo. Los otros, perfectos para bailar hasta las tantas. Y en el Suite es fácil ver directos entre semana.


En el Orzán encontrarás la mayoría de los locales de copas, con el handicap de topar, pues, con mucho niño de 15 años en sus primeras experiencias etílicas. Eso sí, hay locales como el Tribeca, el Rock&roll o el Atomic Club que resuciten a la horda quinceañera. Rock en estado puro y ambiente agradable.


En Montealto encontrarás algunas de las mejores salas de la ciudad, y el ambiente más “adulto”. Desde el Calle14 hasta el Puticlub podrás elegir entre el petardeo sumo de Rafaella Carrá a todo trapo y el rock magistral de los 70 pinchado en la Mardigras. Entremedias, locales más indies –en cuanto a selección musical- como La Salita de Juegos o el clásico Telefunken, donde los viernes hacen pinchadas electrónicas de renombre nacional. Más cerca de Orillamar puedes recalar en el Patachim, que por la tarde es una cervecería tranquila y agradable, y por la noche un local lleno de ambiente.


Si te acercas a la Ciudad Vieja, puedes tomarte algo en el Garufa, bailar el mejor tecno en la Velvet o dejarte llevar por el ritmo de los noventa en La Fundación. Si hay una tía guapísima en la tarima de este último bailando como una posesa, saluda a mi amiga Maryfandy.


Sobre las 5 de la mañana los locales cerrarán sus puertas. Es el momento de poner rumbo a Punto3 –en la Plaza de San Agustín- o al Playa Club. Puedes consultar las sesiones de pinchas de cada uno de ellos en sus respectivas webs. Además, ambos locales cuentan con dos ambientes, uno más masificado y otro algo más selecto, pero de acceso libre, que te permitirá estar más tranquilo si lo prefieres.


Y si al salir aún tienes ganas de más, sube a un taxi y pídele que te lleve al Portiño. Frente al todavía vivo barrio de pescadores de Coruña hay un local algo “clandestino” donde cada fin de semana los pinchas más trasnochadores hacen bailar al personal al aire libre a la salida del sol… y si aguantas, a la hora del vermuth se está de lujo bajo sus sombrillas en verano, con la música de fondo… muy ibicenco, pero en el atlántico.


Y con esto podemos dar por finalizado nuestro primer periplo coruñés. Se me quedan en el tintero tantas, tantas, tantas cosas, que no sé si deciros que necesitaría un libro, porque para eso ya os compráis una guía… vamos digo yo.


Espero que disfrutéis de Coruña tanto como yo.


Ah!! Y sí, he vuelto.

¿LO TIENES?

La revista Elle de este mes presenta un pequeño reportaje sobre las nuevas trend-setters, una profesión (porque es una profesión, ¿no?... si no, ¿de qué viven estas mujeres?) que cada día se renueva y que aglutina a una serie de féminas de lo más variado.




Y yo, después de leer tanto sobre el chic, el charm, el estilo, el glamour y el buen gusto, me he preguntado a mi misma… ¿Una nace trend-setter? ¿O es posible convertirse en una de ellas a base de constancia?

Ser una gurú de la moda no me parece una tarea fácil, porque, sí, es cierto, a todas nos gusta experimentar con los trapitos, salir monas por la mañana y lucir Balmain y Gucci a cascoporro… pero… ¿qué pasaría si yo me planto para venir a trabajar, por ejemplo, un modelito como los que SJP lucía en SATC? Pues que me parecería más a un espantapájaros, o a la señora loca que se pasea por mi barrio, que a una joven y triunfadora trend-setter. Y eso, queridos, se debe a que no tengo estilo. Al menos, no tanto como para lucir según qué cosas.

A mi el estilo me ha parecido siempre algo innato, que, además, envidio sobremanera. Hay gente capaz de salir a la calle echa un adefesio –objetivamente hablando- y resultarnos encantadoramente desaliñada. Y eso, amigos, es verdadero estilo.

Estilo tienen algunas de las nuevas it-girls de la moda que Elle presente, como Cloe Sevigny, que me parece una mujer estilosa a la par que intrigante. O como Sophia Coppola, que a pesar de resultar algo sosa está más cerca de parecer encantadora que siesa. No tanto Alexa Chung, que sí, me gusta, pero la veo aún sin pulir, como demasiado joven, demasiado ecléctica, demasiado arriesgada…

Lo que me lleva la segunda pregunta. ¿Se pule el estilo con los años? ¿O nos convertimos, al llegar a determinada edad, en simples sombras de lo que fuimos?

La juventud tiene su aquel en el terreno de la moda, eso está claro. La frescura de una piel de 20 años no la tiene una mujer de 60, ni aún usando Le Praire a litros. Además, la moda es improvisación, diversión, originalidad y ruptura… por lo que, a priori, la juventud, tan dada a la experimentación, sale ganando en este terreno.

De hecho, la mitad de las diosas de la moda y el estilo que Elle retrata a penas sobrepasan la veintena. Jóvenes lozanas en plena post-pubertad. Y sin embargo… sin embargo, ¿no os da la sensación de que todas ellas aparentan ser mayores de lo que en realidad son? ¿No es el estilo que lucen, tan aclamado, más propio de una treintañera?

La mayoría de las jóvenes promesas en esto de “sentenciar moda” aseguran –y demuestran- que no es necesario vestir de Armani de los pies a la cabeza para resultar elegante y chic. Un poco de Zara, un poco de mercadillo, un poco de grandes marcas… el batiburrillo, agitado con arte y saber hacer, puede resultar mucho más efectivo a efectos “chic” que un total look de un gran diseñador llevado sin alma.

¿Pero quién les enseña a estas mujeres a mezclar mercadillo y boutique exclusiva con tanto arte? ¿Es una capacidad innata? ¿Es intuición?

Yo sostengo que, a mayores del estilo, que es innato, inherente a uno mismo y muy difícil de interiorizar, existe otra cosa, algo que no sé cómo calificar, que podríamos llamar “pulimiento”. A base de ver revistas de moda, de fijarte por la calle, de ver desfiles y de otear escaparates… ¿no podríamos aprender algo, aunque sólo sea un poquito?.

Ayer por la tarde, mientras ojeaba la revista con P. y A. en una terraza –yo la ojeaba, ellos charlaban de sus cosas que no tenían, por supuesto, nada que ver con tacones, bolsos y escotes… bueno, igual que escotes sí, jajaja-, decidí levantar la vista de mi lectura para mirar alrededor, buscando el estilo…

…y lo encontré. Encontré gente verdaderamente estilosa, alguna, sentada en la misma terraza que yo. Mujeres –y hombres!!!- que habían logrado un look epatante sin resultar estridente.

Vi sombreros panamá, vi pañuelos estampados, vi sandalias maravillosas, vi camisas de corte recto, vi minivestidos de verano mezclados con botines de piel blandita, y cortes de pelo maravillosos…

… pero de entre todas esas personas con estilo, una, que más que tener estilo, era estilosa, llamó mi atención. Era una chica muy parecida a mi, de formas redondas, espalda ancha, cabello oscuro en media melena y no muy alta. Llevaba una camiseta de algodón blanco, con un corte muy original, pero sencillísima, y unos vaqueros oscuros y ajustados. Calzaba unas sandalias preciosas, con plataforma de madera y apliques de piedras, y llevaba muchos brazaletes en uno de los brazos, y un bolso bandolera de piel. Estaba estupenda. Desprendía algo, no sé qué… me encantaba. Fresca, atractiva… no sé cómo explicarlo.

Llegué a casa y me dije a mi misma “tía, tú tienes camiseta blanca, y sandalias de plataforma de madera, y jeans skinny y bolsos de piel… pues ale, a probar”… y probé… y aunque el resultado no era del tomo malo, tampoco era precisamente lo que buscaba.

¿Será cuestión de estilo?... ¿o de ausencia del mismo? A lo mejor lo que pasa es que no he encontrado todavía mi estilo, algo que reconozco me obsesiona desde hace tiempo, porque estoy convencida de que no soy capaz de retener un estilo… creo que a causa de mi inconstancia crónica, que me obliga a ser infiel hasta a los clásicos de mi armario. Así que paso de vestir de auténtica lady a ir de tirada absoluta en menos de lo que tardo en abrir el armario.

Y he aquí el quid de la cuestión, porque detectar el estilo es algo sencillo, basta con mirar alrededor, pero, ¿cómo definirlo? ¿Cómo explicar qué es lo que convierte un modelo bonito en un modelo epatante?

Después del pormenorizado estudio de campo realizado, y de observar a las nuevas gurús de la moda, mi veredicto es el siguiente: lo que convierte un conjunto precioso en un montón de miradas volviéndose a tu paso es una mezcla de estilo innato y de actitud, que, a fin de cuentas, potencia el primero.

Sentirte bien con lo que llevas puesto, verte única, y adecuar el modelo a la ocasión contribuyen mucho a aportar una imagen de solidez estética que no deja de ser exactamente lo que buscamos: ser únicas dentro del montón de caras y cuerpos que pasean junto a nosotros.

Moraleja: el estilo nace, pero puede fingirse con cierta solvencia a base de práctica… ¿Y vosot@s? ¿Lo tenéis?

HOSTEL -Consejos para no terminar durmiendo en una cochambre asquerosa-

Necesito un respiro.




Y en mi lengua “necesito un respiro” es sinónimo de “necesito una escapadita de fin de semana”. Yo soy fan declarada de las escapadas de fin de semana. Me gustan todas: las organizadas, las improvisadas, las de verano, las de invierno… lo mismo me da a una ciudad que al medio del monte, en coche que en avión, a un cinco estrellas que a un hostal de carretera… lo importante es romper con la rutina, visitar lugares nuevos, tener tiempo para charlar y pasear…

Estoy tan, pero tan necesitada de un fin de semana de descanso que estoy dispuesta incluso a volver a pasar por algunas de las calamidades que sufrí en carne propia en el pasado en mis escapadas varias. Porque, queridos, salir de fin de semana no siempre es buena idea... y generalmente son los hoteles los que se encargan de recordártelo.

No soy demasiado exigente, esa es la verdad. No necesito un hotelazo rollo el Santo Mauro para disfrutar de un fin de semana. De hecho, en mi última escapada, a los Picos de Europa, dormí en un hotelito de dos estrellas en el centro de Cangas de Onís que era precioso, sencillo y baratísimo. Y fui muuuuuy feliz ese fin de semana.

Pero claro, una tiene un límite. Porque una cosa es ser poco exigente y otra muy diferentes es estar dispuesta a pasar miedo en una noche supuestamente “especial”.

Desde que vivo con P. nuestras escapadas han sido una constante. Nos gusta, y procuramos alejarnos de la rutina en cuanto tenemos oportunidad.

Una de nuestras primeras escapadas nos la regalaron mis amigos, que por mi cumpleaños se curraron un fin de semana para dos en un casa rural. Elegimos una casita preciosa cerca de Foz, donde pasamos el tercer fin de semana de marzo, y donde dormimos bien, comimos mejor y lo pasamos de miedo.

Después de esa, vinieron cientos de escapaditas “variadas”… pero no en todas tuvimos la misma suerte. Como aquella vez que P., su amigo B. el rollete de este y yo nos aventuramos Portugal adentro en pleno mes de agosto. La idea era llegar hasta Peniche, un pueblecito costero muy bonito que viene a ser una suerte de Marbella portuguesa: en invierno tiene 10 habitantes, y en verano, 10 millones.

Pero como nosotros –bueno, vale, sobre todo ellos- son unos aventureros, lo de reservar hostal desde Galicia les parecía que restaba emoción al asunto, así que nos fuimos con las mochilas y el Clio de mis suegros a probar suerte al pueblo más superpoblado de Portugal… y claro, no había habitaciones libres ni en camping. Un show. Cuando, ya desperados, contábamos con pasar la noche en el coche, una señora nos asaltó en una de las callejuelas del pueblo preguntándonos si buscábamos alojamiento. Evidentemente, nos agarramos a su oferta como si nos estuviese proponiendo una noche en el Ritz a precio de NH… y lo que prometía ser un hostalito resultó ser la casa de la buena de la señora, que en verano la alquilaba. Así que allí nos quedamos, P. B. D. y yo , cada pareja en uno de los dormitorio… y la señora durmiendo en la cocina sentada en una de esas viejas sillas de los años 70.

En defensa de esta aventurilla debo decir que Peniche es muy bonito, que en sus restaurantes se come muy bien, y muy barato, y que la casa estaba limpia, limpia, limpísima… llena de crucifijos, pero limpia.

Limpia también estaba la pensión en la que dormimos en Lisboa, recomendación de B. (ahora que lo pienso, a lo peor va a ser que B. tiene un concepto de “fin de semana” diferente al mío)… limpia, pero terrorífica.

Llegamos allí un día de enero en el que caían chuzos de punta. La cosa fue más o menos así: a mi me quedaban 5 días de vacaciones del año anterior que perdía si no cogía en los 15 primeros días de enero, y P. acababa de quedarse en el paro. No teníamos un duro, y decidimos irnos a pasar unos días a casa de sus padres, pero al llegar allí se nos antojó una gran idea coger el coche e irnos a Lisboa… y eso hicimos.

Como –insisto- éramos pobres como las ratas, buscábamos un hotel u hostalito barato y céntrico… y terminamos en aquella pensión… ay, aquella pensión!!! Estaba en plena plaza del Chiado, en el centro neurálgico de la mágica Lisboa. Era un tercero sin ascensor con las escaleras más altas que he visto en toda mi vida, que me llagaban a medio muslo las muy cabronas. Cuando entramos, sencillamente alucinamos. Era como trasladarse en el tiempo a una peli de Garci de los años 50.

La pensión la regentaba una señora muy maja que nos dijo que nos abriría a cualquier hora, a la que fuese, sin problemas. Que allí todos se conocían y no había mal rollo. Nuestra habitación tenía una cama como de hospital psiquiátrico antiguo, de barrotes blancos, y la luz se encendía con una pera. Cuando te sentabas, el somier crujía tanto que los vecinos del segundo protestaban. De la ventana –enorme, a la plaza, perfecta- colgaban unos cortinones decimonónicos de “cierto pelo” (versión cutre lux del terciopelo de toda la vida) estampados en flores… pero la palma se la llevaba el lavabo. La ducha era común y estaba en el pasillo –recién reformada, impoluta, blanca como la leche- pero en el dormitorio contábamos con un pequeño lavabo con grifo de agua… pero sin desagüe. Se ve que el presupuesto no daba para más. Tú abrías el grifo para lavarte, qué sé yo, la cara, y el agua caía a un balde que luego debías vaciar en el pasillo… un show!!!

Eso sí, fue con diferencia uno de los mejores viajes que he hecho en mi vida. Disfruté tanto de ese fin de semana que rezo –y eso que yo soy agnóstica- por volver a Lisboa de nuevo. Aunque mejor a otro hotel.

Aunque si hablamos de hoteles chungos, la palma se la lleva nuestro elegido en Ponferrada.

Recalamos en Ponferrada buscando directos que helasen la sangre, y para eso nada mejor que un buen rock&roll. En Ponferrada celebran cada Semana Santa el Freakland Weekend, un festival de rock impresionante –y encima muy barato- que año tenía un cartelazo de quitar el hipo… y claro, allí nos fuimos… pero claro, sin reservar hotel –de verdad, cuándo aprenderán los hombres que reservar no resta misterio a nada, coño ya-.

Llegamos a Ponferrada pasadas las 8 de la tarde: P., J. G. y yo. Y nos pusimos a patear ciudad como locos buscando un sitio donde dormir. Tooooooooooodo lleno. Toooooooooooodo reservado con antelación. Ya casi habíamos perdido la esperanza cuando G. lanza un aullido “allí, allí pone que se alquilan habitaciones”. Ya el letrero no era demasiado prometedor, pero bueno… allá vamos. Llamamos a la puerta y nos abre un señor con pinta de haberse lavado el pelo con aceite de colza y nos dice que sólo le queda una, doble, eso sí, pero que como somos 4 no cabemos. Y entonces G. despliega todos sus encantos, sonríe como un caballero, y suelta “somos gente seria, hombre, ya ves, una pareja (P. y yo) y unos amigos, seguro que tienes por ahí algún cuartito”…

Al final el hombre nos da la llave de otra habitación. Los que la habían reservado, nos dijo, se retrasaban ya más de 2 horas… y allí subimos… al infierno de Dante.

Nuestros cuartos estaban en un pasillo estrecho y húmedo del tercer piso. El que nos asignaron a P. y a mi era pequeño, con una cama de 1.10 que tenía una colcha cochambrosa cubriendo unas sábanas aún más cochambrosas. Los muebles eran por lo menos del año 1000 a.C. y las toallas estaban tan tiesas que si te daban con ellas en la cabeza te noqueaban .Bam, K.O. técnico instantáneo, señores. El baño estaba en medio del pasillo y consistía en dos agujeros. Sobre uno colgaba una alcachofa de ducha… deduje que ese no era el w.c. En el cuatro había, eso sí, un lavabo terrorífico y mugriento.

Pero lo mejor era la lámpara… esa lámpara de cuando Franco era Corneta –literalmente- sucia como pocas y con aquella bombilla… ROJA!!! Sí, señores, sí, allí estábamos J., P., G. y yo, en un puticlub de Ponferrada. P. y yo dormimos esa noche vestidos sobre la cama hecha… y nos marchamos la noche siguiente. Eso sí, el festival, impagable.

PRÓXIMA ENTREGA: Las maravillas de Marbella, la locura de Algeciras, por qué un hostal con nombre extranjero en medio de León es siempre una mala idea, y cómo logramos sobrevivir a los carnavales en Ourense sin reservas previas (otra vez).